Paseos Imaginarios.




Aquella mañana salió a la calle, su cara amarga denotaba que no eran momentos fáciles, él solo no podía descubrir el charco de felicidad que se encontraba en un rincón de su maltrecho cuerpo.

Decidió saltar al vacío, empezó a deshacerse en polvo, empezaron cayendo sus mejillas, poco a poco fue perdiendo su rostro, luego sus extremidades, su torso, su abdomen. Hasta que de él no quedó ni una pequeña partícula de polvo.

Había alcanzado un lugar prohibido, donde los sueños se confunden con torbellinos de arena cristalina, un lugar donde todo florece, nada es bello ni a la vez deja de serlo.

Llegó el momento. Algo tiraba de él arrancándole probablemente de las únicas horas lúcidas que había tenido en su vida.

Lejos de sentirse bien al haber dejado el cálido rincón donde se cobijaban sus sueños, avanzó. Avanzó desgarrando su pecho en tristes tiras de cartón que se perdían en el fondo del mar.

Alzó la mirada y la dejó clavada en un punto que bien conocía, había permanecido demasiado tiempo fuera de aquel cuerpo que inerte yacía sobre la calzada.

Era tarde, demasiado tarde para intentar recuperar el tiempo que algún día tuvo.

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