Mucha mierda



El tema lo habíamos dejado zanjado, no quiero pensar que de nuevo me esperabas a mí. Habíamos hablado una y otra vez que esto no volvería a suceder.

Nos encontrábamos en la cuerda de equilibrios de la carpa de circo. Pero no sobre la cuerda normal, sino sobre una tremendamente fina y transparente, como el caparazón de una medusa. La cabeza me dolía, sentía como si alguien de una fuerza desmesurada estrujase mi cerebro como si fuese una esponja.

Había dejado la actuación a merced de ti, mi parte irracional que bien desconocía. Creo que había acabado cagándola. Pensaba que encontrar el punto medio entre tú y yo sería más fácil. Pero el control y el descontrol juegan haciendo equilibrios por ése hilo que es demasiado fino y asiduamente, como es normal, acabas cayéndote desde lo más alto hasta el fondo. Desde ésa cuerda altísima que se encuentra rozando el techo y el cielo. Te caes hacia el fondo más oscuro, dónde se encuentra la arena del circo y los espectadores te rodean desde sus asientos con expresión de espera y admiración.

Ellos esperan algo de ti, pero yo no quiero darles nada a ellos.

Creo que el fondo de mi gran carpa de circo tiene red. Una red de éstas grandes y elásticas, que impiden que cuando caes de la cuerda te hagas daño. Está colocada con tal precisión, que no importa desde el punto exacto que caigas, siempre acaba recogiéndote y abrazándote con el cariño de una madre, como si te convirtieras en un trocito de pechuga de pollo relleno para la cena de Navidad.

Creo que hay red, sí. Creo que hay red porque por mucho que os vayáis cayendo al fondo del circo siempre volvemos a poder subir y hacer los equilibrios por la misma cuerda, y claro está, cada vez le toca a uno caer. Es un gran juego, y sin duda tiene que ser todo un espectáculo para el público que acude al circo.

Yo creo que la clave está en la gran variedad de sentidos y sin sentidos que desfilan por la cuerda. Diría que sí, el público se divierte.

A veces, nos encontramos a la alegría con sus atuendos multicolores y su gran sonrisa siempre dedicada a la grada. Enfrentada con la tristeza con sus trajes de color grisáceo y marrón y su expresión de desánimo acentuada en su rostro por las pinturas de la cara. Otras veces se enfrentaba la malicia con su burda sonrisa de superioridad, su mirada perspicaz, su juego de manos imposible de ver para los demás con la bondad. Con aire altivo, mirada limpia y traje impecable que andaba por la cuerda con pasos tranquilos. También se enfrentaban la locura y la cordura, el ánimo con el desánimo, el llanto con la risa, la soberbia, la tristeza, la empatía, el enfado, la valentía, el miedo. Un largo sinfín de personajes preparados para hacer sus acrobacias lo que hacía las delicias de la gente.

Imagínense, es un circo de lo más variado, con muchísimos actores principales y también secundarios que van intercambiando sus papeles protagonistas sin previo aviso ante la admiración y la incredulidad del público que asiste periódicamente a la carpa de actuación. La improvisación, también es un componente importante.

Claro está, mi circo tiene muchas más carpas. En algunas descansamos, algunas veces incluso llegamos a dormir. Las noches se convierten en un hervidero de actores y actrices, acróbatas y demás personajes faranduleros que se dedican a hablar. Ensayan sus actuaciones, reflexionan sobre el día, se gritan si algo les salió mal, ríen y festejan lo que salió bien. En fin, entre unas cosas y otras dejan el descanso de lado para cansarse de hablar de su propia vida. Algunos incluso, deliciosamente ebrios se dedican a espantar los nubarrones de tormenta que les nubla la vista.

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